Un paseo por la Atalaya

 

Tipo de ruta: apie enbici

Tipo de recorrido: Lineal.

Tipo de firme: Asfalto y adoquinado.

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Cómo llegar:

Desde la plaza de La Constitución, tomamos la Ruamayor, adentrándonos en la Puebla Vieja. Al llegar a la rúa de San Martín, giramos a la derecha y en la siguiente esquina, rúa de San Marcial, a la izquierda. Entramos en el recinto de la iglesia.

Declarado Bien de Interés Cultural, el enclave natural de La Atalaya contiene el Fuerte del Rastrillar: conjunto de edificaciones que protegían la bahía frente a posibles ataques de barcos enemigos. Sus primeras edificaciones datan del siglo XVI y estuvo en servicio hasta principios del siglo XX. Ocupa 41.500 m2.

Partimos de la iglesia de Santa Mª de la Asunción, donde podemos ver, en su exterior, un panel con una reproducción del puerto de Laredo en el siglo XVI. Rodearemos la iglesia y tomaremos el camino que discurre paralelo al cementerio, dejando éste a nuestra izquierda. .
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Al terminar el camino es un buen momento para parar, tomar aire y deleitarnos con el espectacular paisaje que se extiende ante nuestra mirada, presidido por la inmensidad del mar. A nuestra derecha, acantilados, sierras y prados.
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Frente a nosotros, a nuestros pies, el antiguo puerto de La Soledad. Se comenzó a construir hacia 1862 a mar abierto, para evitar la entrada de arena que dificultaba el acceso de barcos de gran calado. Tras varios temporales que lo destruyeron (1873, 74 y 75), se abandonó el proyecto y se optó por construir el que ha estado en uso hasta principios del s. XXI.
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Continuamos andando hacia nuestra izquierda, subiendo por el camino adoquinado, hasta alcanzar una extensa panorámica de todo el pueblo y la bahía. Podemos contemplar la Puebla Vieja y el Arrabal, medieval y abigarrada, con sus calles en cuadrícula.
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El Ensanche, donde se sitúan actualmente todos los servicios. Y la playa extendiéndose inmensa hasta el Puntal.
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Al entrar en el recinto, nos acercamos hasta el mirador de La Caracola, donde estuvo la primera batería que mandó construir Felipe II. Aquí se encuentra también varios edificios rehabilitados por la Escuela Taller: el pabellón de la tropa, que albergaba unos 250 soldados, y el pabellón de oficiales, entre otros.
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Continuamos el paseo por el camino que bordea dichos edificios y enseguida llegamos al segundo mirador, el de la Rosa de los Vientos, lugar donde se ubicaban los atalayeros, vigilantes que avisaban las ballenas cuando se acercaban a la costa. Embarcados en las traineras, los hombres salían a su caza. El nombre Atalaya viene de ahí.
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Nuestros pasos nos llevan ahora hasta la batería de Santo Tomás. En su origen era napoleónica. Es una batería a bareta. En principio, los cañones estaban instalados en un armazón con ruedas llamado cureña, sobre una explanada de madera para que permitiera el retroceso. Tenían un alcance entre 800 ó 1000 m.
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Los restos que vemos ahora son de época de Isabel II, ya que los españoles reedificaron sobre ella. La explanada de madera se sustituyó por losas de piedra de gran calidad que, posiblemente, estén debajo de las actuales. Los cañones, sin cureña, fueron instalados sobre las piedras que vemos ahora, que son las originales, con el tirador encima. Se conserva también el sardinel, que es la fila de ladrillos en la parte superior de la pared que hacía de parapeto y que minimizaba los daños en caso de impacto del enemigo.
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Seguimos hacia abajo para pasar por Cuerpo de Guardia, a nuestra izquierda, desde donde se daba servicio a las baterías de Santo Tomás y San Carlos, lo cual las hacía independientes y autosuficientes. Era un edificio con ventanas de ladrillo y tejado a un agua.
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Y a nuestra derecha el almacén de pertrechos, con grandes puertas laterales que permitiera la entrada de las carretas que traían alimentos y materiales para cubrir las necesidades del fuerte.
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Continuamos el recorrido para llegar al final de nuestro paseo, donde se ubica la batería de San Carlos, denominación ésta en honor a Carlos III. Es idéntica a la de Santo Tomás aunque ha desaparecido el sardinel. En este lugar se ubica también el polvorín, situado contra la montaña y con un pasillo para circular que lo rodea con el fin de minimizar los efectos de una posible explosión. Se trata de un edificio sin ventanas, con el techo en hormigón hidráulico y cubierto de tierra para camuflarlo. El polvorín tenía dos pararrayos. La pólvora almacenaba en barriles de madera colocados en baldas para evitar la humeada del suelo. Volvemos al punto de partida por el mismo camino.
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